POST: John M. Greer –“Retrotopía: tren del alba desde Pittsburgh”

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POST: John M. Greer –“Retrotopía: tren del alba desde Pittsburgh”

Demóstenes Logógrafo
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Hola,

Os dejo una traducción de un artículo del Archidruida de su serie "Retropía". Pido disculpas por las posibles inexactitudes, sabéis que las pocas veces que he hecho traducciones he tratado de respetar más el sentido del texto que su literalidad, así que algunas expresiones han sido ligeramente alteradas para hacerlas más familiares, y sabéis que mi registro de la lengua es el español de España, por lo que tal vez al otro lado del charco algunas expresiones choquen. Aún así soy consciente de que en algunos puntos el texto resulta algo confuso, y en mi defensa diré que nunca reconoceremos lo suficiente la labor de Anselmo, porque si leer a Greer es una delicia, traducirlo es un suplicio, y no entiendo cómo él ha podido traducir tal cantidad de material

Un saludo a todos,
D.
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26 agosto 2015

http://thearchdruidreport.blogspot.com.es/2015/08/retrotopia-dawn-train-from-pittsburgh.html

Este es el primero de una serie de artículos utilizando las herramientas de la ficción narrativa para explorar una silueta distinta para el futuro. Una pista para los lectores que no hayan estado mucho por “El reporte del Archidruida”: no esperen que todas sus preguntas sean contestadas

*******

Llegué temprano a la estación de Pittsburgh. No era más que un desgastado remanente de lo que una vez debió ser una de esas grandes y antiguas estaciones que podéis ver en los vídeos de historia, nada más que una pequeña y deprimente sala de espera abajo y unas escaleras mecánicas, que dejaron de funcionar hace tiempo, subiendo a los andenes arriba. La sala de espera tenía pintura fresca en las paredes y las máquinas de vending eran de ese tipo que podías encontrar en cualquier lugar. Aparte de eso, todo el lugar daba la impresión de haber estado cerrado desde que el último tren de Amtrak dejó de circular y de que hubiera permanecido sin usar por cuarenta años hasta que la frontera volvió a estar abierta.

Los asientos eran de fibra de vidrio, y debían de tener como tres cuartos de siglo. Encontré uno que parecía que no se rompería cuando me sentara allí, me aposenté, saqué mi veepad [NdT: desconozco si esto tiene traducción, entiendo que es algo así como una tableta futurista] y consulté el horario por enésima vez. El tren al que tenía que subir aparecía como puntual, llegada a las 5:10 am a la estación de Pittsburgh, salida a las 5:35 am, llegada prevista a la estación central de Toledo a las 11:12 am. Toqué de nuevo el veepad y revisé las noticias. Las elecciones aún aparecían por todas partes - el discurso de despedida del presidente Barfield, un revuelto de pedazos de columnas de opinión de diversos medios afines a los partidos perdedores sobre lo mala que Ellen Montrose iba a ser para el país. Resoplé, pasé página. Otras historias competían por captar mi atención: partes de las guerras de California y los Balcanes, malas noticias sobre la epidemia de fiebre hemorrágica en Latinoamérica, y peores noticias de la Antártida, donde una nueva gran lámina de hielo se había desprendido y se deslizaba hacia el norte, hacia la línea de costa.

Mientras las noticias iban corriendo, otros pasajeros llenaron la sala, unos pocos cada vez. Logré divisarlos en cuanto cesó el campo de imagen que el veepad proyectaba sobre mi córtex visual. Dos hombres y una mujer con trajes comunes de negocios de bioplástico entraron y se sentaron juntos, hablando seriamente sobre algunas inversiones. Una pareja mayor cuyas ropas les hacían parecer directamente salidos de un vídeo histórico se sentaron callados cerca de las escaleras. Un poco más tarde, una familia de cuatro personas con ropa que les hacía parecer aún más pasados de moda -La madre llevaba una cofia en la cabeza, juro que no me lo estoy inventando- llegaron con una bolsa de viaje, y se dejaron caer no lejos de mí. Algo que no me hacía muy feliz, siendo los niños como son hoy en día, pero esos dos se sentaron y tras retorcerse un poco sacaron un libro cada uno y empezaron a leer en silencio. Me pregunté si estaban drogados.

Algo más tarde, otra familia de cuatro miembros entró, llevando el tipo de ropa barata y desgastada que bien podrían llevar las palabras “urbanitas pobres” estampadas encima, cargando grandes bolsas de plástico que daban la impresión de contener todo cuanto poseían. Se les veía tensos, asustados, excitados. Se sentaron en un rincón, los padres hablando entre sí en voz baja, los niños mirándolo todo con los ojos abiertos de par en par y sin decir nada. Me pregunté sobre ellos, me encogí de hombros mentalmente, volví a las noticias.

Había terminado con las noticias y estaba comenzando con el correo del día cuando el altavoz de la pared aclaró su garganta electrónica con un rugido de estática y dijo: “Tren veintiuno, destino Toledo por Steubenville, Cantón y Sandusky, llegando a andén uno. Por favor, tengan sus billetes y pasaportes preparados. Tren veintiuno a Toledo, andén uno.”

Di un toque al veepad para apagarlo, lo guardé en mi bolsillo, me levanté de mi asiento y subí con los demás las escaleras al andén. El cielo se estaba poniendo gris con los primeros indicios de la mañana, y el aire era frío. El silbato del tren resonó largo y solitario en la media distancia. Me giré a mirar. No había visto nunca antes un tren, y la mayor parte de lo que sabía sobre ellos procedía de películas históricas y de las búsquedas que había hecho para este viaje. Basándome en lo que había oído decir sobre mi destino, me pregunté si la locomotora sería una vieja tartana con una gran chimenea bombeando humo de carbón al aire.

Lo que apareció tras la curva no se parecía, sin embargo, a mi momentánea ensoñación. Era el tipo de locomotora que se hubiera podido encontrar en cualquier ferrocarril americano allá por 1950, una gran máquina diesel-eléctrica con una nariz roma y una única gran luz frontal alumbrando el camino. Silbó de nuevo, y el rugido de los aparatos creció hasta inundarlo todo. La locomotora pasó rugiendo por el andén y lo único que me sorprendió fue el olor a patatas fritas que desprendía al pasar. Detrás había una larga cadena de vagones de carga, y detrás de ellos, el vagón de equipaje y tres vagones de pasajeros.

El tren redujo la marcha a un paso tranquilo y finalmente paró cuando los vagones de pasajeros quedaron a la altura del andén. Un revisor de uniforme azul y gorra se deslizó fuera del último vagón. “Billetes y pasaportes, por favor”, dijo, y saqué mi veepad, lo encendí activé la pantalla plana y dispuse ambos documentos en ella.

-Pasaporte físico, por favor - Dijo el revisor cuando llegó a mí
-Lo siento- Hurgué en mi bolsillo, y se lo entregué. Él lo revisó, sonrió y dijo
-Gracias, Sr. Carr, tal vez ya lo sabía, pero necesitará un billete en papel para el viaje de vuelta
-Lo tengo, gracias
-Bien - Se acercó a la familia con las bolsas de equipaje de plástico. La madre dijo algo en voz baja, alargándole los billetes y algo que no parecía un pasaporte
-Es correcto - dijo el revisor- Necesitarán sus papeles de inmigración cuando lleguen a la frontera

La mujer murmuró algo más, y el revisor se dirigió a la pareja de ancianos, dejándome preguntas sobre lo que acababa de oír. ¿Inmigración? Eso implicaba, primero, que aquella gente deseaba realmente vivir en la república de Lakeland [NdT: Tierra de los lagos], y en segundo lugar, que les estaba permitido. Ninguna de las dos cosas me parecía posible. Puse una nota en mi veepad para preguntar sobre la inmigración cuando llegara a Toledo, y comparar lo que me dijeran con lo que pudiera averiguar de vuelta en Filadelfia.

El revisor terminó la recogida de billetes y revisión de pasaportes, y llamó “¡todos a bordo!”

Fui con los demás al primero de los tres vagones de pasajeros, subí la escalera, giré a la izquierda. El interior era más o menos como lo esperaba, fila tras fila de asientos dobles mirando hacia delante, pero todo parecía limpio y brillante, y había más espacio para las piernas del que estaba acostumbrado a tener. Llegué más o menos a la mitad, dejé mi maleta en el compartimento superior y me aposenté en el asiento de la ventanilla. Estuvimos sentados un rato, tras el cual el tren se sacudió una vez y comenzó la marcha.

Atravesamos en primer lugar el límite occidental de Pittsburgh, dejando atrás los grandes y oscuros rascacielos vacíos del Triángulo Dorado, y después cruzando el río hacia los suburbios occidentales. Éstos no eran sino barrios de chabolas construidos con los restos de viejas construcciones y mercados desmantelados, la clase de barrio que puede encontrarse en muchas ciudades de hoy cuando no peores, mezclados con decadentes edificios de viviendas que probablemente no habían visto una mano de pintura o una teja nueva desde que los Estados Unidos se desintegraron. Finalmente los suburbios terminaron, y las cosas se pusieron aún más feas.

El campo al oeste de Pittsburgh fue golpeado con dureza durante la Segunda Guerra Civil, según sabía, y aún más duramente cuando la frontera fue cerrada tras la Partición. Me había preguntado, mientras planeaba el viaje, cuánto se habría recuperado en los tres años pasados desde el Tratado de Richmond. Mirando por la ventana mientras el cielo se ponía gris tras nosotros, tuve mi respuesta: no demasiado. Había algunas granjas colectivas que mostraban signos de vida, pero las pequeñas poblaciones por las que pasaba el tren eran restos de bombardeos de artillería, y había trechos en los que cada casa y establo que se veía era una ruina, y jóvenes árboles crecían en lo que debieron ser campos y pastos sólo unas décadas antes. Después de un rato resultaba demasiado deprimente seguir mirando por la ventana, así que saqué mi veepad de nuevo y pasé un buen rato contestando correos anotando algunas preguntas que quería hacer en Toledo.

Estaba enganchado con el correo cuando la puerta del final del vagón se abrió. “Señoras y caballeros”, dijo el revisor, “llegaremos a la frontera en unos cinco minutos. Necesitaran tener listos sus pasaportes, y los inmigrantes deberían tener listos sus papeles también. Gracias.”
 
Rodamos a través de una densa arboleda, y finalmente en terreno abierto. Delante, sendas carreteras separaban con un corte recto norte y sur a través del campo. Hasta tres años antes, había habido allí un alto vallado de alambre de concertina [NdT: en España se llama así al alambre de cuchillas que se utiliza para delimitar fronteras o perímetros de seguridad] entre ellos, con soldados patrullando nuestro lado, el otro lado casi un completo misterio. La valla ya no estaba, y había dos edificios para la guardia de fronteras, uno a cada lado de la línea. El del lado oriental era un moderno elemento de cemento y acero que hacía pensar que un rascacielos se hubiera parado allí, se hubiera acuclillado y hubiera puesto un huevo. A medida que nos acercábamos pude ver los guardias de frontera con sus cascos digitales de camuflaje y sus chalecos antibalas, patrullando alrededor con rifles de asalto.
 
Después cruzamos al territorio de la República de Lakeland y tuve unas buenas vistas del edificio al otro lado. Era una agradable estructura de ladrillo que podría haber sido una biblioteca pública de la época Carnegie o el viejo ayuntamiento de alguna ciudad de mediano tamaño, y la gente que salía de las grandes puertas con arcadas a encontrar el tren mientras éste paraba, no parecían soldados en absoluto.
 
La puerta se abrió de nuevo y giré a mi alrededor. Uno de los guardas de frontera, una mujer de mediana edad con la piel color café, entró al vagón. Llevaba un uniforme de blusa blanca y pantalones azules, y la única arma que portaba era un revólver que llevaba sin asegurar en una cartuchera en la cadera. Llevaba una carpeta, y deambuló por el pasillo comprobando todos los pasaportes en una lista.
 
Le alargué el mío cuando llegó a mí. “Sr. Carr”, dijo con una amplia sonrisa, “habíamos oído que llegaba usted  durante esta mañana. Bienvenido a la república de Lakeland”

“Gracias”, contesté. Me devolvió el pasaporte y fue con la familia del equipaje de bolsas de plástico. Le acercaron un fajo de papeles y los revisó rápido, firmó alguno por la mitad y se los devolvió. “Okay, todo correcto”, dijo. “Bienvenidos a la república de Lakeland”.

“¿Estamos dentro?” preguntó la madre, como si no pudiera creerlo.

“Están dentro”, dijo la guardia de frontera. “Tan legal como pueda llegar a ser”

“Oh Dios mío, Gracias”. Rompió a llorar y su marido la abrazó y le palmeó la espalda. La guardia de frontera le sonrió y fue con la familia de ropas anticuadas.

Reflexioné sobre esto mientras la guardia de frontera terminaba la revisión de pasaportes y abandonaba el vagón. Fuera, otros dos guardias con un perro terminaron de recorrer el tren y mostraron el pulgar en alto al revisor. Un minuto más tarde, el tren volvió a rodar. ¿Eso es todo? me pregunté. ¿Ni detectores de metales, ni rayos-X?¿nada? O eran muy inocentes o muy confiados.

Pasamos la zona de frontera y una pantalla de árboles detrás de ella, y de repente el tren rodaba a través de un paisaje que no podría haber sido más diferente de aquel del otro lado de la línea. Estaba lleno de granjas, pero no de las grandes granjas comunales a las que estaba acostumbrado. Conté casas y establos mientras pasábamos, y supuse que las granjas tendrían cien o doscientos acres cada una, todas ellas con cultivos variados, no con un eficiente sistema de monocultivo. La cosecha estaba encima, pero yo crecí en tierra de granjas y sabía cómo se veía un campo después de que se hubiera sembrado maíz, trigo, coles, nabos, cáñamo o lo que se quiera. Cada granja parecía tener todo eso y más, sin contar el ganado en los pastos, los cerdos en su redil, un jardín y un campo de frutales. Sacudí la cabeza, confundido. Era una forma desesperadamente ineficiente de llevar el negocio agrícola, sabía eso desde mis tiempos de la escuela de negocios, y aún así los informes que había leído preparando el viaje decían que la república de Lakeland exportaba muchos productos agrícolas y prácticamente no importaba ninguno. Me pregunté si el tren pasaría por alguna granja de verdad más tarde.

Pasamos por más de aquellas pequeñas granjas y un par de pequeñas poblaciones que estaban tan lejos de ser restos de bombardeos de artillería como pueda imaginarse. Había casas con luces y negocios que estaban obviamente preparándose para iniciar la jornada. Todos ellos tenían pequeñas estaciones de tren de ladrillo, aunque no paramos en ninguna. Me pregunté si tenían tren ligero o algo semejante. Mirando las granjas y las ciudades pasar, pensé en el contraste con el paisaje al otro lado de la frontera y me avergoncé, luego paré y me recordé que esas granjas y ciudades seguramente debían estar subsidiadas. Las pequeñas ciudades no eran económicamente más viables que las pequeñas granjas, después de todo. ¿Era esto una suerte de pueblo de Potemkin puesto para impresionar a los visitantes?

La puerta del final del vagón se abrió y el revisor entró. “Próxima parada, Steubenville”, dijo. “Amigos, tenemos un grupo de gente que va a subir en Steubenville, por tanto rogamos que no ocupen ningún asiento aparte del suyo”.

Steubenville había formado parte del estado de Ohio antes de la Partición, según recordaba. El nombre de la ciudad revolvió alguna cosa más en mi memoria, sin embargo, no podía sacar el recuerdo a la luz, así que decidí buscarlo. Saqué mi veepad, lo toqué y sólo tuve un campo oscuro con las palabras “sin señal”. Toqué de nuevo, con el mismo resultado, abrí la pantalla de conectividad y me encontré con que no era una broma. No había señal de metanet en el rango disponible. Lo miré preguntándome cómo iba a revisar las noticias o mantener al día mi correo, y entonces me pregunté ¿Cómo demonios voy a comprar nada, o pagar la factura del hotel?

El campo oscuro no tenía ninguna respuesta. Decidí que tendría que poner aquello en orden cuando llegara a Toledo; había sido invitado, después de todo. Tal vez tendrían conectividad en las grandes ciudades, o alguna cosa. La historia era que no había metanet en ningún lugar en la república de Lakeland, pero tenía mis dudas sobre ello ¿cómo puedes manejar nada en este manojo de chozas de barro sin conexiones de red? No hay duda, decidí, ellos tienen algún tipo de red segura o algo por el estilo. Habíamos hablado sobre hacer algo así en Filadelfia más de una vez, sólo para uso del gobierno, de forma que el próximo asalto de las guerras en la red no tirase abajo nuestra infraestructura en la manera en que la infraestructura de la antigua Unión fue derribada por los chinos en el ‘21.

Aún así, el campo oscuro y esas dos palabras me molestaron más de lo que quería admitir. Hacía más años de los que quería pensar que no había estado a más de un clic de la metanet, y ser apartado de ella me hacía sentir a la deriva.

El sol aclaró las nubes bajas detrás de nosotros y el tren rodó por lo que supuse que era el este de Steubenville. Había esperado el tipo de suburbios que había visto al salir de Pittsburgh, deprimentes viviendas deterioradas intercaladas con los barrios de chabolas de los pobres. Lo que vi en su lugar me dejó sacudido. El tren pasó por calles sembradas de árboles llenas de casas  con pintura brilla en sus paredes y tejas en los tejados, pequeños distritos de negocios locales con tiendas y restaurantes abiertos y una escuela que no parecía una prisión de media seguridad. Lo único que me extrañó fue que no había coches visibles, sólo se podían encontrar raíles en alguna calle y alguna vez, de forma improbable, algún tranvía pasado de moda marcando el ritmo del tren por un rato hasta que viraba en otra dirección. La mayoría de las casas parecían tener huertos y el tren pasó por un gran solar vacío dividido en parcelas de huerto con señales alrededor diciendo “huerto comunitario”. Me pregunté si eso significaba que la comida escaseaba allí.

Un chirrido y una sacudida y el tren cruzaba el río Ohio a través de un nuevo puente ferroviario. Delante estaba la auténtica Steubenville. Es entonces cuando recordé lo que había tratado de recordar antes: hubo una batalla en Steubenville, una de las grandes, hacia el final de la Segunda Guerra Civil. Recordé detalles de los titulares que había visto cuando era un chiquillo, y los vídeos históricos que había visto un par de años antes; el ejército federal tomó los pasos del Ohio contra las fuerzas de la Alianza durante más de dos meses antes de que Anderson golpease directo a través del frente de Virginia Occidental convirtiendo aquello en un punto caliente. Recuerdo fotos de cómo se veía Steubenville después de los combates: un paisaje renegrido de ruinas donde cada pared lo suficientemente alta para ocultar a un soldado detrás había sido golpeada por su propio proyectil de artillería.

No era eso, sin embargo, lo que vi dispersándose delante mientras el tren cruzaba el Ohio. El Steubenville que vi era una bonita ciudad con un centro lleno de edificios de tres y cuatro plantas, rodeado de vecindarios de viviendas, algunas de ellas adosadas y otras separadas. Había tranvías en el lado oeste del río también - divisé dos de ellos mientras nos acercábamos a la orilla- y también unos pocos coches, pero no muchos de estos últimos. Los árboles que crecían en las calles eran lo suficientemente pequeños para poder decir que habían sido plantados después del fin de los combates. Aparte de esto, Steubenville parecía una cómoda y consolidada comunidad.

Miré por la ventana mientras el tren rodaba fuera del puente y entraba en Steubenville, tratando de hallarle el sentido a lo que estaba viendo. En el otro lado de la frontera, y en toda otra parte en la que hubiera estado de lo que solían ser los Estados Unidos, todavía se podían ver escombros de los años de la guerra por todas partes. Entre la crisis de deuda y el estado de la economía mundial, el dinero que se hubiera necesitado para reconstruir o áun demoler las ruinas era demasiado. Las cosas debieron ser mucho peores aquí, dado que a la república de Lakeland se le habían cerrado los mercados mundiales de crédito durante treinta años después de la quiebra del ‘32, pero no eran peores. Parecían considerablemente mejores. Alcancé mi veepad, recordé que no había señal y fruncí el ceño. Si no podían ni siquiera abordar la infraestructura de Metanet ¿cómo demonios podían abordar la reconstrucción de su stock de viviendas?

Los alegres edificios de ladrillo del centro de Steubenville no me ofrecían respuestas. Me senté de nuevo, frunciendo el ceño, mientras el tren traqueteaba en un cambio de agujas y rodó adentro de la estación de Steubenville. “Steubenville”, llamó el revisor desde la puerta detrás de mí, y el tren comenzó a aminorar.
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Re: POST: John M. Greer –“Retropía: tren del alba desde Pittsburgh”

Colombo
Este intenté leerlo en el original pero se me atravesó por el amplio vocabulario que utiliza el druida. Felicidades , también a Anselmo, por tan buena traducción y muchas gracias.
...sabe, si empieza a acumular detalles la visión general del caso cambia...
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Re: POST: John M. Greer –“Retropía: tren del alba desde Pittsburgh”

Kanbei
En respuesta a este mensaje publicado por Demóstenes Logógrafo
Estimado Demóstenes, felicitaciones,
traducir al Druida es un trabajo enciclopédico.
Reconozco que no terminé de leer el artículo original, las Retropías me recordaban mucho a los relatos de Asimov, o a los cómics del mítico magazine 1984.

Leyendo tu traducción me ha evocado todo un mundo posible, una isla de negrentopía, una bizancio, construida tras guerras civiles en USA tras el crash de ¿2032? Fascinante.

Yo al relato sólo le veo el gazapo literario del pasaporte. Cuando hablamos de chips subcutáneos los conspiranoicos claman que serán insertados en toda la población. No no, los chips se inocularán a unos pocos, los elegidos. Un chip frente a un pasaporte.

Saludos:)
Querido lector, si caíste por casualidad en este foro ya es demasiado tarde. No te molestes en entender el pico del petróleo, a partir de ahora podrás grabar con tu móvil secuencias terriblemente bellas de la Tercera Guerra Mundial. Sonríe!
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Re: POST: John M. Greer –“Retropía: tren del alba desde Pittsburgh”

Anselmo
En respuesta a este mensaje publicado por Colombo
Colombo:

Muchas gracias por tu felicitación , pero el honor de este magnifico trabajo le corresponde por entero a Demóstenes.

Un saludo.
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Re: POST: John M. Greer –“Retrotopía: tren del alba desde Pittsburgh”

Bihor
En respuesta a este mensaje publicado por Demóstenes Logógrafo
Estoy convencido de que lo que dices es completamente cierto y seguro que los que sois capaces de leerlo en su lengua original podeis disfrutar de una lectura estupenda. Los que no podemos hacerlo nos limitamos a esperar a que un alma generosa se tome el arduo curro de ponerse manos a la obra de acercarnos estos textos.

Un saludo y gracias mil
Regla de oro: trata a los demás como querrías que te trataran a ti
Responder | En Árbol
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Re: POST: John M. Greer –“Retrotopía: tren del alba desde Pittsburgh”

jgustavo
En respuesta a este mensaje publicado por Demóstenes Logógrafo
hay alguna posibilidad de poner el numero de orden de lectura al post?
yo lo encontre empezado y lo lei fuera de orden sin querer.
para evitar en lo posible que a alguien mas le pase.

es muy buena la traduccion, gracias.
Responder | En Árbol
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Re: POST: John M. Greer –“Retrotopía: tren del alba desde Pittsburgh”

Admin
Administrador
Hola Gustavo, en "Traducciones" los tienes ordenados por fecha.

http://foro-crashoil.2321837.n4.nabble.com/Traducciones-tp9121.html

Un saludo